miércoles, 7 de mayo de 2014

Solo los tercos, los locos y los estúpidos escriben.


“Acuérdate de Dorothy Parker: “odio escribir, pero amo haber escrito”.”*

Escribir no solo es doloroso en el proceso de hacerlo, cuando la incertidumbre te acompaña por que no sabes si la historia se desarrollara como la deseas, cuando el autor no tiene ningún derecho tiene sobre lo que escribe,cuando el libro se pertenece a sí mismo y el escritor es solo un medio que la historia utiliza para manifestarse; sino que también es doloroso cuando terminas, y no sabes que pasará después cuando otros vean esa alma indomable que plasmaste en tinta, y la juzguen como tuya, como si ese ser omnipotente que se te presentó y te torturo hasta que le diste cuerpo, fuera tu hijo, como si fueras responsable de él, de su existencia. Entonces los nervios te inundan hasta la inconciencia y empiezas a dudar, relees el texto una y otra vez, te sucede que “...en una jornada solo alcanzas a precisar un adjetivo, y al día siguiente lo borras porque ya no te gusta.”*, recorres con mirada analítica cada página, cada letra, cada pequeña arruga sobre el papel y llega la hora del juicio: El título.

Si construir un texto de pies a cabeza, con venas, articulaciones, huesos y músculos es difícil, ponerle un nombre, bautizarlo, entregarle algo que será su tarjeta de presentación, es un delirio. Hay autores que crean el título antes del texto, como hay otros que tienen una gracia magistral al bautizar sus obras, pero también estamos los últimos, el común, que desearíamos hacer como los pintores y dejarlos “Sin título”; vírgenes, salvajes como llegaron a nosotros, libres de la mirada escrutiñadora del lector; sin embargo, al igual que las personas, sin nombre no hay ser social, no hay libro, así que nos damos a la tarea de buscar entre la niebla, en la sopa de la tarde y en el café un título, y encontramos posibles candidatos para serlo, pero no encontramos EL TÍTULO, que, cuando se desentierra desde lo más profundo de la inconsciencia “algo, en algún rincón del universo, se regocija. Como si ese encuentro fuera un cañonazo de celebración a los pies de lo que llaman la posteridad, o la historia.”**

Por eso les advierto, más bien les aconsejo, no escriban a menos de que sean tercos, estúpidos o locos que solo encuentran remedio sobre el papel, por que es sufrir en la escritura es un gaje del oficio y solo aquellos que no se acobardan tienen el derecho de hacerlo, después de todo, “Si dejas de escribir cuando los editores te cierran las puertas, tal vez mereces que te las cierren.”*.


*Consejos para un joven que quiere ser cronista, Alberto Salcedo Ramos.

**El alma de los libros, Leila Guerreiro

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