Aquí les traigo una crónica que tuve que realizar para mi clase de taller de escritura, espero que les guste.
Bus suicida.
Medio de transporte, trampa mortal; no veo la diferencia.
Ni siquiera teniendo que esperar, apreció el Circular Sur justo frente a mis ojos, de colores morados y rosados(bastante extraños para un bus en mi opinión) y con el típico tablerito que anunciaba las paradas más importantes de su recorrido; miré si estaba lleno y comprobé que, a pesar de ser medio día, la colorida lata con ruedas apenas y llevaba pasajeros, así que me agarre a la manigueta del lado de la puerta mientras el conductor empezaba a dar marcha otra vez, y me interne en el que se convertiría en mi último viaje en bus.
¿No se han dado cuenta que en todas partes siempre hay una señora de avanzada edad con las canas teñidas de morado?, yo sí, y la verdad me parece intrigante, vayas a donde vayas, siempre habrá una de estas mujeres a tu alrededor. Pienso que, tal vez, eso sea parte de un rito de iniciación de alguna secta en la que se te permite entrar solo cuando ya tienes bastantes años por detrás y no tantos por delante, el caso es, que la señora de canas moradas designada a este bus llevaba una cara de ira contenida combinada con terror absoluto, un mal presagio si conoces a los conductores de bus colombianos, así que, por el bien de mi alma, me senté.
Dos frenadas en seco por semáforos en rojo, cuatro intentos de atropello a motorizados, e incontables insultos por parte de conductores de automóviles después, comprendí el gesto de la mujer cuando apenas me subí, y estoy más que segura que yo llevaba el mismo gesto.
Agarrada(o más bien profundamente incrustada) a la silla de adelante donde un señor con traje y corbata leía tranquilamente con las piernas cruzadas(¿Cómo podía hacerlo?), y con las piernas clavadas al caliente piso de caucho del bus, rezaba todos los avemarías que me sabía(y los que no, me los inventaba), pidiéndole a mi diosito y a la virgen que me sacaran intacta de este paseo mortal, y se que no era la única en esa situación, miré a mi alrededor y vi a una mujer agarrando a su hijo como si la vida se le fuese en ello y a un señor con cara de gargola fulminando a el conductor a través del retrovisor con la mirada. A mi lado estaba sentada una chica, morena y de cabello castaño oscuro que rondaba los 18, e iba hablando con su mamá por el teléfono(Lo se porque adolescente que se respete solo responde “Sí señora” con cara de tedio cuando esta hablando con la mamá), no pude escuchar mucho, pero al parecer la chica iba tarde para el almuerzo y su dulcísima progenitora le lanzaba las cariñosas palabras que las madres latinas lanzan cuando sus “desagradecidos hijos” las hacen preocupar. Repentinamente, el bus pegó un frenón más fuerte que los otros y todos los pasajeros de la colorida lata nos balanceamos(o más bien, salimos proyectados) hacia adelante por las leyes de Newton, que no solo nos torturaron en bachillerato, sino que también deciden hacer aparición en momentos como estos, y gracias a ellas fue que mi cabeza encontró reposo en la dura silla de plástico del señor de traje, y algunos(más bien muchos) pasajeros soltaron improperios propios del folclore colombiano; cuando alcé mi cabeza para ver el porqué de mi posible contusión cerebral encontré un carro transportador de pipetas de gas a menos de un metro del bus haciendo que mis pupilas se dilataran y mi boca también soltara una que otra demostración cultural.
La chica del lado recogió su celular(que se le había caído en medio de el drama) y le respondió a su mamá “Llego a la una y media, si es que sobrevivo” y para mis adentros estuve de acuerdo con ella; montar en bus es peligroso para la integridad física de un ser humano normal, y esta, es la última vez que lo hago.
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