Semana santa acabó de luto, un luto amarillo, lleno de flores y mariposas. Las dedicatorias amorosas para Gabriel García Márquez no se hicieron esperar, algunas de amigos y conocidos y otras de completos extraños, pero todas conteniendo la misma frase “Se nos fue Gabo”, y yo creo que se equivocan al decir que se ha ido, porque cuando alguien como nuestro premio nobel muere, el mundo entero se pone de cabeza, aún así, desde el pasado Jueves santo lo único que ha cambiado es que sus libros se están vendiendo más que nunca (como le pasa a cualquier humano, que lo quieren después de muerto), 7 de sus novelas están en la lista de las 30 más vendidas en internet; en las calles, las bibliotecas, las librerías, en todas partes hay por lo menos una persona con macondo entre sus palmas, a un coronel danzando en sus ojos o a un exorcismo del demonio más grande(el amor) descansando en su regazo.
Gabo no está muerto.
Gabo no está muerto para mí, por que el Gabo que yo conocí está en el Magdalena viendo a las sirenas asolearse, Gabo no está muerto porque el Gabo que yo conocí es el que se enamora llevando un telegrama y que enamora escribiendo 131 cartas, Gabo vive, porque, al igual que Nena Daconte, dejó tras de sí un rastro de su propia sangre en el suelo, que recorre desde un estante en la biblioteca de mi apartamento hasta las bibliotecas públicas de Madrid y por allí donde sea que se esconda su realismo mágico.
Gabo está vivo y lo tengo guardado en el cajón de mi nochero.
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