lunes, 17 de febrero de 2014

Del olvido.

Las esquinas más largas, Evelio Rosero; Casa tomada, Julio Cortázar; La travesía de Wikdi, Alberto Salcedo Ramos.

A veces resulta -¿no se han dado cuenta?-, que, por estar pendientes a unas cosas, nos olvidamos de otras aún más importantes, en algunos casos es solo descuido, en algunos otros, despiste y en los peores de todos, negligencia. Tal vez Evelio Rosero nos quería entregar otro mensaje,  y tal vez me condene si llega a leer esto, pero en su cuento “Las esquinas más largas”, encuentro el olvido como algo latente, esa muchacha, la de las sandalitas y de los pechos redondos como melones, abandonada a su suerte en esa esquina, al frente de la ferretería, abandonada a su suerte por el Benito Peña, el hombre que le lanzó un piropo y abandonada por su padre, la sombra nervuda, de anchas espaldas y de abdomen severo de la ferretería. La muchacha, olvidada por las carreras de el jurisconsulto quien huía del furico padre de ella, y por la caza de su padre, quien guiado por la ira y el miedo a que algo le pasara a su pequeña muchacha terminó asesinando al hombre de el piropo.

¿Y ahora, qué hará la muchacha?, sola, como esta, vulnerable, ...sola en el mundo, mirando aquí, mirando allá…”  otra vez, ya sin un hombre que le suelte un piropo y sin un padre que la proteja; con uno muerto y el otro probablemente siendo detenido y en camino a la cárcel. Tal vez, ahora la muchacha sería raptada por “los ladrones de muchachas de Bogotá”, o tal vez su padre(por razones del azar y la fortuna) pueda salir impune y vuelva a cuidarle las espaldas a la muchacha con las gargantillas del más puro oro de fantasía, tal vez busque a su madre, a su familia o a un novio con  que quería huir, pero su severo padre nunca los dejó, o tal vez, solo tal vez, se quede ahí, mirando las esquinas má largas de la ciudad, esperando a su padre, o siendo admirada por otro magistrado descuidado, que -Dios quiera- no correrá la misma suerte que Benito Peña.



“...y ambos parecieron olvidarse por un instante de la muchacha sola que hoy siempre te mira en las esquinas más largas de la ciudad.”


Algunas veces, solo nos resignamos a olvidar, no peleamos por mantener nuestros recuerdos o lo que identificamos como nuestro, a veces solo dejamos las cosas ir, tal vez por miedo o por inseguridad… Irene, y su hermano(de quien ignoramos el nombre) dejaron atrás una vida, una familia, unos recuerdos, un hogar, se la dejaron a todos o nadie, no se sabe a quien, pero la dejaron, dejaron atrás los libros de literatura francesa de el, los tejidos de ella, la colección de estampillas de su papá y la botella de Hesperidina, dejaron atrás sus matrimonios fallidos y la puerta de roble, sin miramientos, sin dar pelea, se rindieron ante lo que pudo haber sido no más que un ratón o un indigente buscando hogar. Irene y su hermano le dieron olvido al amor que le guardaban a esa casa y a los recuerdos que ella albergaba, temerosos, de un invasor que “tomó” su casa, simplemente huyeron, sin empacar maletas, en piyamas y sin mirar atrás.

Pero, hay veces, en que no olvidamos conscientemente, dejamos que eso lo hagan los cobardes y los negligentes(o eso pensamos). ¿Que sabemos de ese pequeño niño abandonado por su madre en Úraba,o de el otro que muere de sed en África (o alguno de esos países, que como el mío, viven cubiertos de miradas de lástima de reinas de belleza y políticos regordetes que nunca han levantado un dedo para hacer algo)?, la verdad, es que no sabemos nada, por que ni siquiera nos importa, como la famosa crónica de Alberto Salcedo Ramos titulada "La travesía de Wikdi" en la que el cuenta la odisea que vive día a día un niño en el Chocó para poder ir al colegio. ¿Que ibamos a saber nosotros pedantes ignorantes de este niño de no haber leído esta crónica?, hoy día nos regocijamos pensando que donamos unos miserables pesos a una beneficencia que "ayudara a niños como Wikdi", pero la verdad, es que lo ignoramos, lo olvidamos todo este tiempo, y seguro, en el futuro nadie más hablara de él, y nos olvidaremos de esas cinco horas que tiene que caminar y de su pueblo y su familia.

Y así, tanto como la muchacha como la casa, las dos quedaron olvidadas,(y Wikdi con su travesía tal vez algún día las acompañe) una mirando las esquinas más largas y rascando el piso con sus sandalitas, y a otra invadida, tomada por alguien que le era(y nos es) extraño.

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