Con menos de 12 meses, sin poder aún hablar y ya acostumbrada a el frío de las montañas, mi papá decidió que iríamos a vivir a la perla del Sinú, a tierra de el bocachico, el plátano verde y el popular "arró con tajá". Ahí crecí, en Montería, el pueblo(si es que aún se le puede llamar así) donde "la caló" es constante y en el cual la sencillez del campo es la forma de vida.
Al crecer en Montería en el tiempo en que no era más que fincas, potreros y pequeñas salpicaduras de barrios, aprendí cosas sobre el campo y la naturaleza que tal vez no habría podido aprender de haber crecido en una ciudad como Medellín. Recuerdo muy bien una vez que fui a una finca en Bogotá como parte de unas vacaciones recreativas de el periódico El Tiempo, yo era la única chica de campo y el resto eran niños Bogotanos, y por ende, citadinos; ya en la finca, el director de recreación nos llevo a ver las vacas y nos preguntó: "¿De donde viene la leche?", como niños de 6 a 10 años que eramos, yo esperaba que todos supieran la respuesta, pues, a mi parecer, era muy obvia, sorprendentemente, en un grupo de 10, 8 niños respondieron: "De la nevera", y el noveno, jactándose de su inteligencia dijo que de el supermercado; mi total incredulidad ante su respuesta era casi palpable, y mi expresión no podía disimularla... ya no siendo capaz de aguantarme las ganas de sacarlos de su triste inconsciencia grité: "¡IDIOTAS! ¡LA LECHE VIENE DE LA VACA!", ganandome un regaño y un castigo, pero orgullosa de haberlo hecho.
Pero, aún no me he presentado(que descortesía de mi parte), mi nombre es Manuela, que significa "la enviada de Dios" como Emmanuel, el de la biblia, aún así, mis padres(y mas específicamente mi papá) no me pusieron este nombre por esa razón, ni por ningún sentimentalismo poético; mi nombre viene de una novela de televisión(y a mi que ni me gustan) cuya protagonista llevaba por nombre Manuela, una joven amante de la ganadería y el campo, y mis papás(como tecnólogos agropecuarios que son) querían que yo fuera como ella, sin embargo, debo agradecerle a los cielos que no corrí la misma suerte que mi hermano menor a quien le pusieron su nombre(Samuel) solo por que se parecía al mío y así era mas fácil de aprender.
Contar toda la historia de mi vida no sería un proceso largo, pero si tedioso, después de todo, ¿que tanto pude haber vivido al tener solo 17 años?. Mi vida en el colegio(que era mixto) fue como la de cualquier niña que se cría entre hombres, a golpes y madrazos con todo ser humano que se me cruzara, pero en tercero decidí que ya era suficiente, y me cambié a un colegio femenino; luego de tan solo tres semanas allí descubrí que prefería ir a la guerra que enfrentarme a una mujer con veneno en la cabeza, y que las mujeres éramos seres humanos malévolos y peligrosos(¡Jamás confíes en una mujer!, y si lo eres, ¡no confíes en tí misma!, es una trampa...).
Toda mi vida he sido una persona curiosa, así que aprender para mi no era el problema, el problema era estudiar: cuando en clase ya entendía un tema, lo demás me parecía irrelevante y simplemente me desentendía de lo que pasaba en el aula, y el repasar para los exámenes(especialmente en las materias que no me gustan) era todo un calvario, así que simplemente me negaba a hacerlo(casi siempre me iba bien, así que no veía el caso); hasta que llegó grado 10, y con el, los preicfes. Me encantan los retos por que me mantienen interesada en lo que hago y así me esfuerzo al máximo, y el icfes era mi más grande reto; y cuando llegó 11 simplemente perdí la cuenta de las horas que estudiaba para ellos, para mi no había jueves o domingo, todos los días era lo mismo: despertarme a las 4 de la mañana e irme a la cama a las 11, aprender, estudiar, repasar, evaluar y todo lo que termine en "ar" al derecho y al revés, lo peor(o mejor) de todo, es que me encantaba.
Un día nublado de Octubre llegó el tan esperado momento, luego de todas esas horas, lapices y borradores que había sacrificado como ofrenda a los dioses de la sabiduría, estaba MÁS NERVIOSA QUE UN HOMBRE EN UNA SALA DE ESPERA AGUARDANDO PARA HACERSE EL EXAMEN DE PROSTÁTA(¿Creían que iba a estar relajada?, ¡pues no!), ya en la silla, con el examen en el pupitre y esperando la orden de que empezáramos, me pasaba de todo, las manos me sudaban, los dedos me temblaban y sentía que todo lo que había aprendido se me iba a olvidar... Hoy día recuerdo esa escena con un poco de humor, y todo mi esfuerzo con mucho orgullo, el día de los resultados mi hermano me llamó, había sido puesto 1, en ese momento sentí que todo, absolutamente todo(las trasnochadas, la falta de vacaciones, el haber cambiado un viaje por Europa por un pupitre...) había valido la pena y comprobé que después de el sudor, las lágrimas y la sangre si llega la alegría. Cuando todo ese drama acabó, me gradué con honores y viajé a Australia, un país que cambió mi forma de ver el mundo, e incluso a mi misma.
Hoy día soy estudiante de comunicación social en la ciudad que me vio nacer, y de aquí en adelante solo falta ver que me depara el futuro...
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